lunes, 18 de febrero de 2013

Tom Maver




Terremoto



El primero

perdió su casa
y está como absorto. Mira
con fascinación los escombros,
las caras de los vecinos, cambiadas
por completo. "Ahora qué voy a hacer"
dicen algunos. Hay otros
que saben exactamente qué
quedó sepultado. Él siente un terror
estupendo; como de pronto
todo cambió a sus pies,
no reconoce dónde está
y busca pistas para ver
si se salvó de morir
o si éste es el merecido paraíso.



El segundo

cuando sintió los primeros
temblores, y que la casa
se derrumbaba con él adentro, salió
de inmediato para ver
el funcionamiento que la destruía
y sin contemplaciones, dijo: "Llevate todo".



El primero

apensa se mueve. Está alerta
y desapegado. Hubo
un quiebre. Una delgada fisura
lo atravesó hasta tocar algo
que no sabía que llevaba dentro.
Hoy experimentó
eso: mantenerse parado
entre lo que pierde consistencia. Intuye
que entre los escombros
tiene que estar la piedra inmutable
del comienzo.




El segundo

siente una soberbia y austera 
debilidad. No necesita nada
al haber sufrido una lesión tan completa
que involucra esa extraña alegría
que lo vuelve invulnerable a la carencia
y lo rescata de entre los escombros.



El primero

piensa que la adultez, las pérdidas, el amor
cambian el mundo que conocíamos.
No lo muestran tal cual es, ni logran
reducirlo u ocultarlo. Se agregan
en todo caso, para volver más compleja
la piedra del comienzo. Por eso
no es suficiente perder algo. Recuperarse
es saber que nuestra vida es ese terremoto
que podemos ver desde adentro
y sentir desde afuera.



El segundo

no sale de ese estado. Al contrario,
lo incorpora a su modo de ver las cosas
y se pone a ayudar al resto. Transporta
heridos, reparte vendas, prepara café, levanta
los ánimos. Sabe que para muchos todo
está perdido. Pero ahora puede entender
con mayor claridad, ésa que hay aún después
de los terremotos más feroces,
lo que es estar solo, deshecho y preparado.













                             Que en los desiertos del corazón
                             broten las fuentes curativas.
                                                            W. H. Auden


Cuando regresaba de la noche
oscura en que el alma se conoce y
acompaña,
junté lo que tenía para decirles
y armé una pequeña casa con un patio lleno de árboles
donde poder reunirnos a tomar algo
y después salir a caminar y respirar el aire frío.

En las madrugadas de aquella larga vuelta
descansé a la intemperie, y me dije:
los exhaustos sacan fuerza
de recipientes que parecen vacíos

y es mejor entregarse a recorrer
los espacios que nos alejan de todo
hasta ser liviano como un cuenco
donde cualquiera pueda acercarse
a oír cómo se va llenando.

Porque, amigos, es menos lo que yo tengo
para decir
de lo que ustedes hacen
por escuchar.

Por eso vuelvo
a esa casa sola,
a ese patio y sus árboles
como si por primera vez llegara
al extremo de mi alma.





 De  Yo, la incesante nieve, Huesos de Jibia, 2009.






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