sábado, 9 de septiembre de 2017

Eugenia Segura




























Árbol salvado del patio de la infancia
de la sierra y del ruido al vaciado del mundo
tocado por el rayo entre todos los otros
viene hasta mí sin romperse
de la vasta noche de todas las cosas

se va al cielo, se va

por las ramas 












El bosque como algo que no sé, que desconozco. La liebre impredecible, su papel de alarma. Saltó de la mata, rayando el dolor, como un relámpago chiquito en el lugar del miedo.












no me dijiste nada
de la alegría
como si el premio y el castigo
de seguir respirando fuera
ser el testigo impasible de un tsunami
o del misterio de una flor que se inclina
ante la luz porque no ha nacido
para hacer otra cosa












Otra vez dejarse caer de bar en bar, mientras la luna me acompañe por el camino de ida, por el camino de vuelta. Otra ronda para volcarle su traguito a la tierra, silencio todos, silencio: brindo por el llanto de los primeros telépatas.












Me puse en el lugar del fuego, y sí, iría hasta el fondo, treparía el filo de la astilla hasta encontrarte. No te extrañe que abra puertas, huesos y planetas, que anuncie y que recuerde en cada cosa a la ceniza. Más se ha servido de mí el pan que el asesino, más le habré dolido al bosque.

He dado por igual luz y peligro a las palabras













creía que mi voz era el atajo
que te traía de vuelta desde la noche oscura
los hilos que te ataban a este mundo
pulsados por el canto silencioso
–no supe si tal vez los escucharas–

fue la continuidad tarea menos ardua
que excavar un pasadizo donde no
se te cerrara el mundo

ahora que he encontrado
el sitio sutilísimo
donde compartir con vos esas canciones
los libros los paisajes
que siguen sucediendo cada vez
que el tiempo que me toca se distancia
comprendo que la herida se ha cerrado
y en su lugar de vos me queda
esta sonrisa de cómplices por dentro

con su pequeño resplandor indestructible





De Fondo blanco, el andamio, San Juan, 2017.